Aminorando la marcha, dejándome arañar por la Dama Blanca, permitiéndole llegar a donde nadie quiso ir, de donde nadie quiso regresar.
Sintiendo su mirada, su aliento, yo le digo: aprieta amada mía, Dama Blanca, que ni las Garras del Tiempo se atrevan a desafiarnos, que todo sea Eterno, amada mía.
Aterido, sin saber si es frío o respeto, me dejo caer sobre su regazo, al tenaz calor de la tenue luz de su capa, expuesto al dulce alimento de su esencia, amordazado a la locura de su naturaleza sobrehumana.
“No llores pequeño, que ya todo acaba. Serás mío, oh, hijo de mortales. Tan frágil, tan sumamente delicado, ¿porqué te aferras tan desesperadamente?”
“Es el miedo de no seguir sintiendo, el miedo de cerrar los ojos y descansar en otro lugar, es el miedo irracional que guía mi humilde condición, tan insignificante, oh, Señora de las Lágrimas, Hija de los Dioses.”
“No temas, que ya todo acaba”.
Tendido, hundido, destrozado en el frío regazo del infortunio, sollozando, deseando su regreso, nuestro sino, sus besos, lo divino que encontré en ella, lo magnífico de haberla visto, a pesar de no haberla conicido. ¿Dónde estás, oh, Dama Blanca?

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Genial.
Mucha gente también lo hace.
Pero como lo único que se me da bien es quejarse; es lo que yo hago. :)
Sólo he dado mi opinión.